lunes, 7 de noviembre de 2016

SANTA ISABEL DE LA TRINIDAD

Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906), un modelo de adoración eucarística

El 8 de noviembre de este año celebramos ya como santa a Isabel de la Trinidad, la carmelita descalza francesa de Dijon que ha sido canonizada por el papa Francisco el pasado 16 de octubre. Una santa, cuya espiritualidad basada en el descubrimiento y en la conciencia de la presencia del Dios uno y trino en nosotros, ha impregnado todo el siglo XX, y que ha llegado a través de sus escritos a toda la vida eclesial. Por cierto, buena parte de estos escritos y hasta el epistolario van dirigidos a amigos seglares. No es de extrañar que tantos laicos la sientan como una hermana espiritual.
La traemos aquí, porque para los adoradores nocturnos no solamente es un modelo, un ejemplo del espíritu eucarístico de adoración y alabanza, sino también una intercesora que nos ayuda a mantener este ideal dentro de la Iglesia del siglo XXI (sola con él solo, solía decir para defender su práctica habitual de adoración eucarística) que, por cierto, en los últimos meses de su vida se intensifica, dado que por razones de enfermedad no podía ya participar en la celebración eucarística de la comunidad y, a veces, ni siquiera comulgar sacramentalmente. Así definía su última situación, ya dentro de la enfermería y moviéndose siempre entre la celda y la tribuna donde podía adorar la Eucaristía; se lo dice a su propia hermana Guita: Soy la pequeña reclusa del Señor y cuando vuelvo a entrar en mi celdilla para continuar la conversación iniciada en la tribuna se apodera de mí una alegría divina. Amo mucho estar sola con Él solo, y llevo una vida de ermitaña verdaderamente deliciosa (Carta 16.7.1906).
Proponemos en este día la lectura de su famoso texto: Elevación a la Santísima Trinidad. También el librito  titulado Recuerdos(Madrid, Editorial de Espiritualidad, 1985), que es la mejor síntesis de su vida y mensaje, trazada por su priora la madre Germana de Jesús. Pero aquí reproducimos también -con el permiso del autor- un artículo sobre su experiencia eucarística que fue publicado en la "Revista de Espiritualidad" de Madrid, 2006, pp. 333-350. 




Víctima viva para su alabanza: La experiencia eucarística de Isabel de la Trinidad[1]

                                                                       MANUEL DIEGO  SÁNCHEZ, carmelita descalzo

            Siempre que uso la Plegaria Eucarística III del Misal Romano, en aquella parte que dice: “Que él nos transforme en ofrenda permanente”; o la Plegaria Eucarística IV: “para que congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para tu alabanza”, me viene a la mente el recuerdo de Isabel de la Trinidad, como si ambos textos de la liturgia actual reflejaran muy bien su peculiar experiencia eucarística.
De entrada hagamos esta constatación: mientras que sí se ha estudiado la vida litúrgica de Isabel de la Trinidad, el bautismo, etc., no hemos hallado estudios específicos sobre la vivencia eucarística[2]. Y no es porque no haya referencias explícitas en sus obras. Todo lo contrario. Hasta la misma Madre Germana en los “Recuerdos”, que tuvieron un papel tan importante en la primera difusión de Sor Isabel y fueron la primera presentación de su fisonomía espiritual, hace continuas alusiones a esta dimensión de su biografiada. No pasó, por tanto, desapercibido a sus contemporáneos este matiz que vendría a ser como el soporte sacramental de su ideal paulino de ser “alabanza de gloria”.

Referencias eucarísticas de sus obras






Si llevamos a cabo una encuesta eucarística a través de sus escritos descubrimos con sorpresa la presencia abundante de esta realidad a la que ella misma alude como formando parte intrínseca de su crecimiento humano y espiritual, hasta el punto que nos habla de la Eucaristía en todas sus etapas vitales, desde la infancia y juventud hasta su vida en el Carmelo. Y lo hace con un cierto tono moderno y actual, es decir, dentro de una visión litúrgica y sacramental mucho más amplia y orgánica, sin perder de vista el marco eclesial del año litúrgico ni la vinculación con el resto del universo litúrgico-sacramental, como por ejemplo el bautismo y el Oficio divino. Esta puede ser la razón por la que ha llamado menos la atención la dimensión eucarística al quedar fascinado el lector por esa completa visión litúrgica que ofrece de la vida cristiana y religiosa en la que la Eucaristía ocupa el puesto central.
No encontramos, por eso, un texto específico eucarístico que afronte de lleno su personal visión de este sacramento. Es más, el resultado de la búsqueda nos avisa de que en sus tratados doctrinales nada hay relevante al respecto, si exceptuamos la 2ª oración del 5º día de ejercicios, “El cielo en la fe” (agosto 1906). Sin embargo, sobresale el número de referencias eucarísticas en el epistolario y en el Diario, lo cual es todo un síntoma de que, por la carga autobiográfica de ambos géneros, nos hallamos más ante una experiencia eucarística comunicada que ante una doctrina eucarística formulada. Habla desde su propia y peculiar forma de vivir la Eucaristía para hacer a los lectores y corresponsales partícipes de ese mismo estilo.
 Y el lector avisado en literatura carmelitana hasta puede percibir un cierto vacío, pues en una mujer tan contemplativa y con una carga emocional y lírica tan significativa en cuanto escribe, que hasta nos ha transmitido incluso las meditaciones de sus ejercicios espirituales, no se encuentra con algo que se hace esperar y que hallamos p.e. en Santa Teresa. Es decir, parece como si en sus obras escritas le faltasen a Sor Isabel el estar recogidas sus acciones de gracias después de comulgar; notamos el vacío del paralelo teresiano de las “Exclamaciones”, pero también advertimos que  este vacío puede muy bien ser llenado en este cometido por varias poesías eucarísticas de Sor Isabel de intenso contenido oracional[3].
Esta serie de constataciones no eximen de otro necesario complemento. Habría que estudiar con atención la sensibilidad litúrgica de Sor Isabel, si se da en concomitancia o al margen de ese movimiento litúrgico que surge precisamente en Francia y Bélgica en el siglo XIX, y qué aporta ella de específico a ese resurgir de la vida litúrgica en ese momento histórico de la vida de la Iglesia. Porque no pudo ser ajena a personajes y literatura muy representativos de ese renacer litúrgico[4]. Sin embargo, hay que dar por descontado que si no participa directamente en él como lo hizo más tarde otra carmelita descalza, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, al menos sí que pudo percibir su influjo de forma indirecta a través de la literatura espiritual, de la pastoral parroquial y sacerdotal, de la predicación, etc. En líneas generales podemos suponer que en este aspecto Isabel es deudora, aunque no sea consciente de ello, de ese ambiente favorable a la liturgia que se va abriendo cauce en la Iglesia de Francia.

Adolescencia y juventud marcadas por una sólida piedad eucarística

No por solas razones de cronología, sino por tratarse de una fecha que marcó su existencia hemos de reconocer que para ella la 1ª Comunión (19.4.1891) fue un paso significativo en el proceso de su madurez espiritual. Además de la pertinente preparación y del ansia con que se iba acercando al día[5], sabemos que supuso un antes y un después porque se dio perfecta cuenta de lo que aquella primera comunión eucarística tenía de entrega mutua entre Jesús y ella. Conmovida durante la Misa hasta el punto de llorar mientras el acto litúrgico, la amiga que le acompañó en el mismo acto, María Luisa Hallo, testimonia que al salir de la iglesia le dijo: “No tengo hambre, Jesús me ha saciado”. No se olvide que en este mismo día, por la tarde, en el locutorio del Carmelo la priora le explica el profundo significado del nombre de Isabel (casa de Dios), algo que le emociona tanto y mantendrá para siempre como un lema a cumplir[6].
Desde esta fecha se le nota en paralelo a sus ansias de comulgar -cosa que no podía hacer a diario- un progreso en la entrega a Jesús y en la entrega a los demás. Todo porque percibe la entrega de Jesús hasta la muerte revivida en el Sacramento. Y tiempo después (primavera-verano 1894), a los 14 años de edad y después de haber comulgado, es cuando hace su entrega a Dios y le promete virginidad; es entonces también cuando percibe la llamada interior al Carmelo. Pero un año antes ha sufrido una fase dolorosa en la que se ve envuelta de escrúpulos a la hora de comulgar, resultado de una catequesis y pastoral excesivamente rígidas en torno al peligro de pecado que puede acompañar la recepción del sacramento. Creaba temor más que confianza. De ella pudo salir gracias a la ayuda prestada por su confesor. Ella misma recordará posteriormente en su Diario que entonces era obligatorio el confesarse antes de comulgar (10.2.1899). Nos hallamos, por tanto, ante una fenomenología eucarística típica de una fase de crecimiento espiritual, pero que en nuestro personaje va tomando los síntomas peculiares de su espiritualidad con los que eclosionará en forma madura durante su breve etapa carmelitana.
Precisamente este Diario que abarca los años 1899-1900 nos permite descubrir la vida eucarística de Isabel en la etapa previa a su ingreso en el Carmelo. Notamos que sus ansias de comulgar (10.2.1899) chocan con la costumbre habitual de no poderlo hacer a diario; sólo le está permitido comulgar 4 veces a la semana (25.1.1900, nº 145), pero ya pide y exige la comunión diaria como una consecuencia lógica de lo que es y significa el sacramento: “¿no sois Vos el dador de la vida, el pan que hace germinar las vírgenes? ¿No sois, Vos, señor, toda mi fuerza y todo mi apoyo? … Venid, pues, venid cada día a mi pobre corazón. Que él sea como vuestra pequeña hostia, no le abandonéis jamás” (ibid., nº 150). Nos revela además en este diario el gozo que experimenta durante la adoración eucarística (12.2.1899, nº 8). Mujer adorante del misterio eucarístico Isabel lo será siempre, sobre todo en la última enfermedad.
Pero lo que es más interesante de este escrito es que nos descubre las impresiones que van causando en el espíritu de Isabel las distintas instrucciones y sermones de la Gran Misión popular que se celebra en Dijón (marzo – abril 1899). En más de una ocasión el tema desarrollado es el de la Eucaristía, la visita al Santísimo Sacramento, y hasta hallamos reflejada la concepción de la celebración eucarística como una representación de la Pasión (29.3.1899, nº 116) que exige por parte del creyente “asistir a la misa con los sentimientos que habrían embargado nuestro corazón en el Calvario. Imaginémonos que estamos al pie de la Cruz junto a Jesús agonizante…” Reproduce más que sus sentimientos lo que ella recibe y asimila de la predicación de la Misión. Porque en este mismo diario hallamos momentos que podemos considerar como más significativos de la evolución de su piedad eucarística, más en consonancia con su situación posterior, como es el caso de cuanto nos consigna acerca del Jueves Santo (30.3.1899) en la adoración eucarística solemne, donde percibe la Eucaristía como signo del amor supremo de Jesús “en este día en que tanto me has amado” (nº 120) y reconoce: “¡Qué momentos más felices acabo de pasar contigo!” (ibid.). En el mismo contexto y después de la meditación nocturna en la hora santa, exclama algo muy acorde con su vivencia de algunos años después: “Jesús mío, yo te devolveré amor por amor, sacrificio por sacrificio. Tú te has inmolado por mí. A mi vez me ofrezco a ti como víctima, te he consagrado mi vida, quiero consolarte y con tu gracia, sin la cual nada puedo, estoy dispuesta a todo” (nº 123). Un año más tarde, en carta a una amiga (30.3.1901), hablará de la noche de adoración del Jueves Santo como “una noche de amor” (Carta 42).
Como vemos son fragmentos, retazos de una disposición o actitud eucarística que eclosionará de forma más orgánica y completa en la etapa del Carmelo.

La vida litúrgica en el Carmelo de Dijon

Desde la entrada en el Carmelo (2.8.1901) se puede percibir en ella una gozosa vivencia litúrgica que abarca aspectos como el Año litúrgico, la oración de las horas u oficio divino y, sobre todo, la Eucaristía. Como si la vida religiosa del monasterio, organizada a lo largo del día sobre la marcha litúrgica le hubiera proporcionado dimensiones de la fe cristiana que antes no había vivido en tal modo. El hecho -como decíamos anteriormente- de que sea el epistolario el testigo más fidedigno de esta nueva situación, el cual transmite y reproduce en forma confidencial y desinhibida los momentos de su jornada diaria en el convento, recordando a menudo coincidencias y detalles de su vida litúrgica que puedan interesar al interlocutor, nos pone en condiciones de valorar cuanto dice, como si se tratara de las hondas impresiones que dejan en ella la celebración, cómo la asimila en sus textos que vienen citados de vez en cuando, y cómo asiste y participa plenamente a la vida litúrgica de la comunidad. Leyendo los textos de Isabel por esta época uno no puede por menos de pensar en aquello de que la Liturgia ha sido para ella la mejor escuela de contemplación, o como dice el Concilio Vaticano II, se ha constituido en “fuente y cumbre” de toda su jornada carmelitana (Const. Sacrosanctum Concilium nº 10). Una gran contemplativa, amante de la oración y del silencio contemplativo, del retiro de celda y de la soledad, Isabel de la Trinidad es, al mismo tiempo, una enamorada de la experiencia litúrgica. Y lo más curioso es que los destinatarios de estas confidencias son sobre todo seglares y algún sacerdote. De ahí que no convenga separar ni descontextualizar el testimonio específico de la Eucaristía del resto de su experiencia litúrgica por ella expresamente recordada. Puede ser éste un criterio de lectura e interpretación para nuestro propósito específico.
Conviene recordar otro detalle para leer adecuadamente estos textos. En las cartas de esta época no tenemos tantas alusiones a la eucaristía como celebración y a su desarrollo ritual, cuanto más bien al reflejo de los efectos que deja la celebración, eso sí, muchos de ellos teñidos de la simbólica que encuentra en la misma celebración: conságreme, póngame en la patena, póngame en el cáliz; hacer la comunión, transformarme en hostia, etc., son expresiones muy frecuentes en este tiempo. Se trata, por tanto, de una espiritualidad eucarística que insiste más en los resultados de la celebración, los frutos de la Eucaristía, como aquello específico que le toca recordar y resaltar a una persona contemplativa para quedarse con el núcleo y centro de la celebración. Es más, quiere hacerse con los mismos sentimientos de adoración, reparación, redención de la humanidad de Cristo que el Sacramento actualiza y hace presente, de forma que el dinamismo inherente al sacramento lo pueda reproducir fielmente en su propio ser. Su destino unido al destino de Cristo ofrecido en el altar; su suerte y su parte de creyente está en el compartir la misma suerte del Cristo sacramental. Ha habido, por tanto, en el tiempo del Carmelo una especie de maduración eucarística notable, favorecida por la nueva situación, acompañada de una vida litúrgica más intensa, cotidiana; pero desde luego esto también es una consecuencia normal de la fuerte experiencia anterior. En este proceso –pienso- habrá tenido su peso la asiduidad y la familiarización con los textos paulinos y sanjuanistas que de alguna forma configurarán su propio ideal en el Carmelo. Esta lecturas también han afectado (como no!) la nueva identidad eucarística de Sor Isabel.

Espiritualidad eucarística desde una existencia carmelitana

 Los matices y variaciones que podemos percibir vienen a ser la demostración de una coherencia y armonía espiritual grandes, puesto que coinciden y confirman el mismo ideal de su misión carismática dentro del Carmelo y de la Iglesia.

(a) Desde una perspectiva vital, los pasos sucesivos de su camino en el Carmelo, los asocia al misterio eucarístico, como en el caso de la profesión religiosa, de forma que la entrega a Dios sea también de la vida propia y entrega eucarística, refrendada y consumada a través del sacramento. Por eso, le escribe días antes al Canónigo Angles (31.12.1902): “¿Quiere usted, señor canónigo, ofrecer el Santo Sacrificio por su carmelita? Después entréguela, para que sea toda tomada, toda repleta y pueda decir con San Pablo: ‘No vivo yo, es Cristo quien vive en mí’ (Gal 2, 20) “ (Carta 151). El lenguaje esponsal que define su decisión lo traspasa al sacramento como el lugar más propio donde toma cuerpo tal realidad vital.  No sin razón un año más tarde reconocerá que la Eucaristía, como le ha sugerido el abate Chevignard, es su dote de esposa (14.6.1903, carta 165).
  (b) Ya en el Carmelo desarrolla la virtualidad trinitaria y halla como una correspondencia entre el significado de su nombre (casa de Dios) y cuanto ocurre en nuestro ser a través de la comunión eucarística. “Tenemos todo el cielo en nuestra alma, menos la visión” le recuerda a su madre días después de su ingreso en el convento (13/14.8.1901, carta 87), idea que le puede haber venido de la lectura de la Historia de un alma de Santa Teresita en el relato de su primera comunión[7]. Pero que esto no era un pensamiento pasajero lo viene a demostrar el contenido de una carta al abate Chevignard durante la octava del Corpus (14.6.1903): “¿no es esto el cielo en la tierra? El cielo en la fe, esperando la visión cara a cara tan deseada” (carta 165). Juzgo esta carta como el manifiesto eucarístico de la Beata Isabel de la Trinidad, la mejor declaración de su fe en el Señor sacramentado hasta el punto de considerar a la eucaristía el mejor reflejo del amor del Corazón de Dios. Bien merece una lectura detenida porque toda ella está impregnada de ese contexto litúrgico eucarístico y dirigida además a un futuro ministro del altar. Y por eso asocia la Eucaristía al propio oficio que se ha impuesto de escucha y alabanza divinas dentro de su corazón, porque ayuda a crear ese espacio sólo de Dios: “Hagámosle en nuestra alma una morada toda sosegada en la que se cante siempre el cántico del amor, de la acción de gracias, y después, ese gran silencio, eco del que existe en Dios…” (ibid.).
(c) Ahora bien, con no poco realismo ella busca a través del sacramento la consagración, que a imagen de lo que sucede en la Eucaristía, es transformación en el mismo Cristo y dedicación toda a Dios, por medio del Espíritu Santo. Parece como si nuestra hermana buscase la epíclesis litúrgica necesaria para la santificación de los dones y de la Iglesia, imprescindible para la realización del misterio litúrgico,  y así también necesaria para la propia  consagración. El imperativo “conságreme” dirigido a los sacerdotes adquiere en boca de Sor Isabel esta fuerza evocativa[8]. El texto más impresionante y que reúne al mismo tiempo esta función y la de su propio ideal, es la carta al abate Chevignard recién ordenado sacerdote: “Cuando usted consagre esa hostia en que Jesús ‘el solo Santo’ va a encarnarse, ¿quiere usted consagrarme con Él ‘como hostia de alabanza a su gloria’ para que todas mis aspiraciones, mis movimientos, mis actos sean un homenaje a su santidad?” (8.10.1905, carta 244). No es ocasional ese acercamiento del ideal ‘alabanza de la gloria’ a la Eucaristía, porque está convencida de aquí nace la posibilidad de tal realización, aquí se cumple sobre todo, y desde aquí se posibilita el poderlo llevar a cabo en la existencia cotidiana. Al mismo corresponsal le había dicho algo parecido antes con ocasión de su ordenación, puesto que conocía y compartía el ideal de la carmelita: “El viernes en el santo altar, cuando por primera vez Jesús, el Santo de Dios, venga a encarnarse entre sus manos consagradas, en la humilde hostia, no olvide a aquella que El ha guiado al Carmelo, para ser alabanza de su gloria” (25.6.1905, carta 232)[9]. De este modo vemos que hay correlación entre Eucaristía y el ideal de “alabanza de la gloria”, una efecto sacramental de la otra y que más tarde cuando se encuentre en el lecho del dolor, entonces además de la Misa, recordará que éste será el altar donde se consagra.
Ignoro si la intencionalidad de Sor Isabel era estrictamente eucarística (parece que sí) cuando desea que Cristo more y permanezca en ella a manera de lo que cumple y hace cada vez que se celebra la Eucaristía, es decir, que se personifique desde su humanidad entregada como Adorador del Padre, Sacerdote, Reparador ante Dios, Salvador de la humanidad. Eso puede querer dar a entender cuando le confía al abate Chevignard estos deseos (29.11.1904): “Le he pedido que se establezca en mí como Adorador, como Reparador y como Salvador, y no puedo decirle la paz que da a mi alma pensar que El suple mis impotencias…” (carta 214). Nos confirmaría esta interpretación que su propio ideal a realizar en el Carmelo pasa necesariamente por el momento eucarístico y es donde más y mejor se explicita.
(d) Será precisamente el trato con los sacerdotes, sobre todo con el canónigo Angles, uno de los motivos que más le ayudará a desarrollar su sentido eucarístico, viéndolos sobre todo como ministros de la Eucaristía y, por lo tanto, mediadores eficaces en sus deseos de transformarse en una Eucaristía. Hay una insistencia de pensamiento en el carteo con el canónigo que nos revela no sólo la importancia que concede a la mediación sacerdotal, sino además la visión que tiene del misterio como presencia del sangre redentor de Cristo en la que se puede bañar, purificar y transformar, la mejor forma de envolverse y asociarse a Jesús. El término más frecuente que usa, refiriéndose a la unión y participación que quiere tener a la celebración diaria y a distancia del sacerdote padre y amigo, es el de “métame en el cáliz”, expresión que ya encontramos en 1902: “Métame en el cáliz, para que mi alma se bañe en la Sangre de mi Cristo, de quien estoy tan sedienta, para ser toda pura, transparente, para que la Trinidad pueda reflejarse en mí como en un cristal” (2.8.1902, carta 131)[10]. La insistencia en la misma expresión en cartas posteriores no le resta fuerza y dramatismo, sobre todo cuando esté postrada en la enfermedad y contemple cercano el final de su vida. Seguramente que tal aspecto le viene del Apocalipsis; lo que considera como el propósito fundamental a realizar en el cáliz del Señor, es decir, el bañarse en la sangre del Cordero[11], es un matiz que nos coloca no sólo en el tomar parte en la misma pasión de Cristo, sino además en la especial adhesión a esta misma realidad propia del martirio. Percibimos de este modo el enriquecimiento que Isabel, como carmelita, ha recibido del trato amistoso con varios sacerdotes con los que, además de mantener una vinculación espiritual desde el carisma teresiano, puede participar de forma especial en el servicio eucarístico que ellos prestan. Hay mucho realismo espiritual en estas afirmaciones que no han sido pasajeras, sino que son expresión de su disposición hasta el mismo momento final.
(e) Hasta ahora lo dicho nos puede parecer como indicativo de una experiencia más bien intimista, que no evidencia o deja de lado p.e. la dimensión eclesial y de comunión que se produce entre los creyentes por medio de la Eucaristía. Ella desde luego se siente llamada a destacar los aspectos anteriormente relevados como expresivos de su propia vida espiritual, más todavía cuando sirven para clarificar la nueva situación existencial que vive en el Carmelo; pero tampoco niega la vinculación eclesial que le es tan propia a la eucaristía, sea como sujeto o como resultado de la misma. Esto parece que ya lo vivía en su etapa de seglar.
Es significativo que la participación eucarística le sirva para afirmar que, mediante la comunión, está unida a los otros creyentes, familiares y amigos, y que la comprometa en una actitud de corresponsabilidad espiritual, hasta el punto de que los invita como a un encuentro sacramental que supera las barreras del espacio y del tiempo. Es, por tanto, lugar de encuentro entre los comulgantes: “Cada mañana hago mi acción de gracias con usted. Únase a mí de siete a ocho” (30.3.1901, carta 42). No se trata sólo de una coincidencia cronológica que favorece una unión afectiva, sino que la comunión sacramental produce la fusión de los comulgantes en el cuerpo de Cristo, se encuentren donde se encuentren. De ahí que se atreva a proponer el comulgar una por otra, así lo hace en varias ocasiones[12], para demostrar que la mutua correspondencia del gesto sacramental influye a un nivel más profundo en la vida de las personas que se aman: “Mañana comulgaré por usted y la encontraré en el corazón del Maestro” (19.7.1901, carta 73). Esto quiere decir que, aun desde la distancia, más tarde cuando está separada por la clausura del Carmelo, llega y se acerca a sus personas queridas a través de la Eucaristía, presencia indefectible de Cristo y presencia inseparable de los que comparten la misma fe. A la confidente que le hace estas propuestas, Margarita Gollot, le une una particular amistad espiritual y hasta han compartido juntas la oración y la Eucaristía, una al lado de la otra (21.7.1901, carta 75), por lo que la nueva situación no quiere ser menos real y eficaz que la anterior de la presencia física. Más intensidad de sentimiento hallamos cuando se trata de su propia madre: “Haré la comunión por ti, y ya adivinas lo ferviente que será mi oración” (11/12.8.1905, carta 236). Como si ésta fuera también el lugar más intenso de la demostración del afecto filial.
Huelga el recordar que Isabel de la Trinidad ha vivido la Eucaristía como momento eficaz de intercesión por la Iglesia y la humanidad. El no encontrar tantas referencias explícitas demuestra más de lo que pudiera parecer; forma parte de su comportamiento eucarístico habitual y por eso no hay que estar siempre recordándolo. Una prueba de tal actitud la tenemos cuando la situación política empeora en Francia para la Iglesia por la Ley Combes e Isabel percibe la gravedad por lo que no duda –dice- en poner a Francia bajo la efusión de la Sangre divina (8.3.1905, carta 225), sintiéndose mediadora en aquella ocasión para los intereses de la Iglesia francesa.






La plenitud eucarística de su vida

Tratamiento aparte merece la última etapa de su vida, puesto que es mucho más fuerte la identificación eucarística que vive; además, la situación extrema que sufre, el presenciar su propio desmoronamiento físico en forma progresiva, va a producir una especie de traspaso de los valores de sacrificio e inmolación de la Eucaristía a su propia suerte. Es el punto de referencia más fuerte al que se agarra para interpretar y decir cuanto le ocurre en esos momentos finales, donde el lenguaje hablado y escrito sirven para comunicar la trayectoria mística final de su existencia. No es casual esta especie de “préstamo” de lenguaje eucarístico que advertimos al final de sus días.
El mismo editor y especialista en su pensamiento, Conrad de Meester, advierte “de una espiritualidad casi sacramental que se ha desarrollado mucho durante su última enfermedad”[13]. Y vuelve a insistir: “En estos últimos meses se profundiza en ella una espiritualidad sacrificial y eucarística”[14]. No le falta razón, pues nunca aparece tan explícito y frecuente el ambiente eucarístico en que vive envuelta por propia voluntad. De ahí que podamos hablar sin miedo de una maduración sacramental tan importante hasta el punto de que casi no hay separación entre el signo sacramental y el signo de su cuerpo transfigurado en el dolor y en la fe. De uno a otro pasa sin dificultad.

(a) Ya en sus últimos ejercicios de agosto 1906 nos da una pista cuando medita sobre el salmo 18 que la conduce a la ‘noche’ de su vida donde tendrá que tomar, según el salmo 115, el cáliz de la salvación: “Si le tomo, este cáliz enrojecido con la sangre de mi Maestro, y, dándole gracias, toda alegre, mezclo mi sangre con la de la Víctima divina, él es casi de valor infinito, y puede dar al Padre una alabanza magnífica. Entonces mi sufrimiento es un ‘mensaje que transmite la gloria’ del Eterno” (Día 7, nº 18). El punto de arranque está en ese mezclar la sangre con la misma sangre del Cordero, que nos lleva desde luego como plano más inmediato a la comunión eucarística, pero que pretende más que otra cosa el fundir ambas a través del sufrimiento de uno y otro. Aquí la sangre habla al mismo tiempo del sacrificio redentor a que viene destinada y, por eso, también de la carga personal que tiene en esos momentos, porque es una sangre derramada.
Las categorías cúlticas y sacramentales pasan a explicar la nueva situación vital de Isabel, ahora recluida en la enfermería del convento, sin poder asistir normalmente al Coro, a la liturgia con la comunidad y, a veces, hasta sin poder comulgar: “…tendida en esta cama, que es el altar donde me inmolo al Amor” (8/9.7.1906, carta 294)[15]. No tiene reparo en confesar a su misma madre que “Es el Señor quien se complace en inmolar a su pequeña hostia; pero esta Misa que Él dice conmigo y de la que su Amor es el sacerdote, puede durar mucho tiempo todavía” (9.9.1906, carta 309). Así nos da la clave de su Eucaristía personalizada: son Cristo y ella los celebrantes principales desde el amor que transforma y consagra el sufrimiento.
La coincidencia de estas apreciaciones con su estadio final, la cercanía al momento de su muerte, nos dicen que Isabel es consciente cada vez más de esta transformación litúrgica que se actúa a medida que va desapareciendo. Pero son la consecuencia lógica y lineal de la vida anterior con sus momentos eucarísticos fuertes que le han descubierto y abierto la potencialidad del encuentro sacramental. Sólo que ahora se intensifica y clarifica la vivencia, por lo que también el lenguaje es más explícito y más lleno de todos los matices posibles que se verifican en la Eucaristía de su vida. De ahí que la última referencia eucarística de sus escritos transmitida en un billete a la Hª Luisa de Gonzaga recurra al fuego consumidor de los sacrificios como detonante de la acción transformadora de Dios en el sufrimiento y en la eucaristía: “Comulgaré por usted a Aquel que es Fuego consumidor para que Él la transforme cada vez más en Él mismo, para que usted pueda darle toda gloria” (20.10.1906, carta 328).
(b) Pero la última jornada terrena de Sor Isabel, por razones de enfermedad, tiene además una tipología insólita en relación a la Eucaristía que es viático, alimento para el último camino y prenda de resurrección. Ahora ella está normalmente fuera de la asamblea litúrgica de la comunidad, tiene que asistir a la misa desde la tribuna, sola casi siempre, le tienen que traer la comunión, y lo que es más duro, no siempre podrá comulgar. Llegará un momento en que tendrá incluso que prescindir de esto. Isabel reacciona de forma positiva ante la situación intensificando la adoración eucarística desde la tribuna de la enfermería (la reclusa del Señor), apoyándose en la comunión de la priora y de las hermanas… Y esta penuria eucarística no la inquieta, dirá a su madre: “me gusta más la voluntad de mi Maestro adorado y para mí no hay sacrificios” (16.6.1906, carta 285).
Es la hora de percibir el alcance y límites de la mediación sacramental y pasar a descubrir otras mediaciones no menos ciertas y seguras. Nos parece creer que representa justo el momento en el que el sacramento como ayuda en el camino de la fe, como viático (aunque es de noche), le hace vislumbrar la necesidad del mismo para alcanzar a Cristo, pero no menos pensar en la precariedad de esta presencia sacramental en tantos momentos de la vida, dando entonces el paso a la fe esperanza y amor como virtudes bien nutridas y crecidas antes con el alimento eucarístico. Se vive ahora de la eficacia eucarística que influye y llega también a estas situaciones límite. Algo de esto había descubierto Isabel en etapas anteriores, como cuando le recuerda a Germana de Gemeaux: “Usted no puede recibirle con la frecuencia que desea y comprendo muy bien su sacrificio. Pero piense que su amor no tiene necesidad de sacramentos para venir a su pequeña Germanita (14.9.1902, carta 136). En el caso que nos ocupa no es una situación perentoria o provisional, depende del proceso inexorable de la enfermedad. Y sabemos por testigos que a quienes le hacen ver esta imposibilidad de la comunión, responde: “Le encuentro en la cruz, es allí donde me da su vida”. Una respuesta precisa y esclarecedora, porque el sufrimiento y la cruz son ahora el sacramento eficaz que la conducen e identifican con Jesús.
Pero hay otra solución para la ausencia sacramental, a través de su priora que, después de comulgar, viene a la enfermería a permanecer en acción de gracias junto a ella, trayéndole a su lado la presencia a Cristo desde su corazón apenas comulgado. Se lo explica al canónigo Anglés de esta forma: “Cada mañana viene a hacer su acción de gracias junto a mi pequeña cama. Yo comulgo así en su alma, y el mismo Amor pasa al alma de la Madre y al alma de la hija” (9.5.1906, carta 271). Más que una delicadeza de la priora, que también tiene mucho de eso, es un acto de fe en la presencia de Cristo en el creyente que le comulga, y que además se transmite y comunica a los que le reconocen en el corazón del hermano[16].
(c) Esta mediación y servicio sacramental de la Madre Germana, su priora, nos pone en condiciones de entender la especial relación que se establece entre superiora y súbdita en este último tiempo; una relación buscada conscientemente, vivida y aceptada por ambas partes. La priora es ahora el sacerdote o pontífice que la consagra y ofreciéndola a Dios, ejerce un oficio sacerdotal necesario para Isabel, es decir, el disponerla como un sacrificio agradable a Dios: “nuestro Pontífice consagrante” la denomina (14.8.1906, carta 306). Ciertamente representa el momento más intenso de su comunicación con la Priora y viene a ser como el último servicio que le presta y que, a su vez, Isabel le devolverá –también sacerdotalmente- desde el cielo. Un mes antes de morir, le dice: “¡Siento tan fuerte el poder de su sacerdocio sobre mi alma y tengo tanta necesidad de usted” (octubre 1906, carta 320)[17]. Que esto fue un sentimiento sincero y convencido entre ambas lo demuestra el hecho de que compone para la madre Germana en octubre de 1906 dos poesías sobre este tema, donde desarrolla más las consecuencias y manera de ejercer este sacerdocio sobre Isabel[18].
A su madre le pedirá también en este mismo tiempo que ejerza la maternidad, como Maria al pie de la cruz, ofreciendo a su hijo; pero le ruega que lo haga en la Misa, durante el momento de la elevación, para que en esa unión a María ambas madres ofrezcan al padre ambos hijos, a Jesús y a Isabel (29.8.1906, carta 308). 
(d) No es difícil percibir el gran cambio que se ha experimentado en su experiencia eucarística en esta última etapa de su vida; el presentimiento del final y de la muerte cercana la eleva a un plano místico en el que en torno al sacramento se organiza la visión sacrificial de su existencia hasta el punto de buscar una transformación a su semejanza que sustituya finalmente el cuerpo eucarístico por el cuerpo sufriente de Isabel que se erige así en sacramento de Cristo.

Conclusión

Isabel no pensaría en ello, ni habría leído en su vida un antiguo texto coincidente con su experiencia. Pero podemos decir que hablando de esta forma de la Eucaristía y juzgando así sus últimos días, pone en juego una vez más la conexión intrínseca entre mística y Eucaristía, comenzada ya por Ignacio de Antioquia en el siglo II y asociada entonces a su cuerpo destinado al martirio en la famosa carta a los romanos (“soy trigo de Cristo y quiero ser devorado por las fieras para transformarme en pan puro de Cristo”); por vez primera aparecen en la literatura cristiana los símbolos de la transformación mística asociados al sacrificio eucarístico. Isabel está en continuidad con esa línea de interpretación, pero también la desarrolla aplicándola al cuerpo sufriente por otro martirio, el de la enfermedad.
De este repaso litúrgico que hemos hecho por la obra escrita de Isabel de la Trinidad, parece que se pueden desprender algunas conclusiones esenciales:

- la visión existencial, personalizada, que nos da de la liturgia, como si fuera el marco más adecuado para expresar la dimensión profunda de momentos y circunstancias de la vida cotidiana;
- la normalización que en ella hay entre vida litúrgica y contemplación cuando está ya dentro del Carmelo, sin roces ni contraposiciones, algo que no siempre se ha dado en la misma forma dentro de la espiritualidad carmelitana a través de su historia; pocos representantes de esta escuela espiritual tienen idéntica sensibilidad a la de este personaje;
- el papel que ha podido tener la vida carmelitana en una mejor comprensión y vivencia eucarísticas, algo que se aprecia tanto por la insistencia sobre el tema como también por los nuevos matices con que enriquece su experiencia;
- la coincidencia entre madurez humana, madurez espiritual y plenitud de vida que culmina también en la muerte y madurez eucarística. Lo mejor sobre el particular, es incuestionable, nos lo ha dado en el último año de su vida.

Creo que nuestra hermana es testigo y profeta del misterio eucarístico, sobre todo en ese difícil trasvase, en el paso de la celebración a la vida, aun en los momentos límites de la existencia y aceptando todas sus consecuencias. Nos recuerda que su experiencia y pensamiento ha cumplido muy bien la función de demostrar los efectos de la Eucaristía que se piden en aquella oración después de la comunión del misal romano, y que dice así:

La gracia de esta comunión, Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida (Oración después de la comunión, domingo 24 Tiempo Ordinario).



[1] Para nuestro estudio nos servimos de la siguiente edición de Sor Isabel de la Trinidad: Obras Completas. Edición crítica preparada por Conrad de Meester, OCD. Madrid, EDE, 1986. También nos servimos de la 3ª edición española de los Recuerdos, Madrid, EDE, 1985, texto de carácter biográfico-espiritual preparado por su priora, Germana de Jesús.
[2] Cf. J. CASTELLANO, Lode di gloria: Liturgia e contemplazione, in AA. VV., Elisabetta della Trinità della Trinità – Esperienza e dottrina. Roma, Teresianum, 1980, pp. 143-170 (Fiamma Viva 21); ID., Vita in perenne adorazione eucaristica, in L’Osservatore Romano (31.7.1980) p. 5; ID., Liturgia y contemplación en Sor Isabel, una perfecta Alabanza de gloria, en Monte Carmelo 92 (1984) 39-58. Recientemente se ha publicado un florilegio eucarístico de Sor Isabel en orden cronológico: F. SILVESTRI, Itinerario eucaristico della B. Elisabetta Della Trinità, in Quaderni Carmelitani. Brescia (2004) nº 21, pp. 81-97.
[3] Entre otras podemos citar las poesías 21 (1894), 24 (1895), 39 (1897), 47 (1898), 50 (1898), 52 (1898), 55 (1898), 56 (1898), 66 (1899), 67 (1899), 83 (1902), 100 (1906), 121 (1906), 122 (1906).
[4] Cf. O. ROUSSEAU, Histoire du mouvement liturgique. Esquisse historique depuis le début du XIXe siècle jusqu’au pontificat de Pie X (Paris 1945); B. NEUNHEUSER, Il movimento liturgico: panorama storico e lineamenti teologici, in AA.VV., Anamnesis 1 (Torino 1972) pp. 9-30; ID., Movimiento litúrgico, in Nuevo Diccionario de Liturgia. 3.ed. (Madrid 1996) pp. 1365-1382.
[5] En carta a su madre (31.12.1899) le recuerda que pronto, dos años después, tendrá la dicha de hacer su primera comunión: carta 5.
[6] La fecha de la 1ª comunión le gustaba recordarla anualmente, a juzgar por una poesía que compuso en el 7º aniversario de aquel primer encuentro sacramental (19.4.1898): Poesía 47.
[7] Leer la nota 3 que acompaña esta carta donde se recuerdan paralelos y el posible influjo teresiano-lexoviense (pp. 555-556).
[8] Ver las cartas 225 (8.3.1905); 244 (8.10.1905); 250 (29.11.1905); 256 (dic. 1905); 271 (9.5.1906); 294 (8/9.7.1906).
[9] En otra carta posterior al canónigo Anglés (8/9.7.1906): “tenga la bondad de consagrarme en la Santa Misa como una hostia de alabanza a la gloria de Dios” (carta 294).
[10] Ver además la carta 177 (27.8.1903); 202, al abate Beaubis (2.6.1904); 250, al abate Chevignard (29.11.1905); 275 (junio 1906).
[11] La expresión de bañarse y revestirse de la sangre del Cordero, la encontramos en la carta 169 (15.7.1903); 201 (27.4.1904); 234 (21.7.1905); 250 (29.11.1905).
[12] Ver la carta 57 a Margarita Gollot (30.5.1901).
[13] Obras Completas. Edición crítica (Madrid 1986) p. 174.
[14] Ibid., p. 810.
[15] Según testimonio de María de Jesús, de Paray-le-Monial, Isabel le dijo por el mes de agosto de 1906: “Cuando me extiendo sobre mi pequeño lecho, pienso que subo a mi altar…”: Ibid., p. 875, nota 1.
[16] Sobre el mismo tema ver la poesía 100, p. 398, del año 1906.
[17] Véase la nota informativa de Conrad de Meester que pone a esta carta, nota 3, p. 897.
[18] Poesías 120 (3.10.1906) y 121 (4.10.1906). A lo que se debería añadir el pequeño tratado “Déjate amar” que viene a ser como el testamento espiritual dedicado a su priora.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Viajes de Santa Teresa de Jesús

Rutas Teresianas

Hace unos días me regalaron un libro magnífico, muy ilustrativo y con toda clase de detalles de la vida y tiempo de santa Teresa de Jesús, según Manuel Diego, OCD, lo mejor que se ha escrito y más completo de la vida y el tiempo de santa Teresa de Jesús. 
"Tiempo y vida de Santa Teresa" de Efrén de la Madre de Dios, O.C.D. y Otger Steggink, O. C.  
Al ir pasando las páginas me fui implicando en la lectura de tal forma que cuanto más leía más quería leer y más profundamente me maravillaba de las múltiples, grandísimas e insuperables dificultades, contratiempos, celadas, etc. que tuvo que soportar esta gran mujer, aunque para darse cuenta de ello es necesario leer este enorme libro en el que también podemos encontrar una panorámica de aquellos tiempos, siglo XVI.
Quisiera resaltar las rutas de la Santa Andariega, solamente para darnos cuenta de la grandeza de su labor fundacional, pero solo desde el punto de vista de los viajes, unas veces en mulo o en borriquillo, otras en carro, litera o coche de mulos, la cantidad de kilómetros, mejor dicho de leguas, que así es como se medía en aquellos tiempos, la edad de esta mujer,  el siglo que lo hizo, pero sobre todo con el hándicap, diríamos hoy día, de su enfermedad, muchas veces más muerta que viva.
Repito solo quiero resaltar una faceta de su labor humana con los mapas de las rutas que hizo, otras virtudes, trabajos o misticismos debemos encontrarlos en la lectura de este libro o en su libros; Vida, Fundaciones, Camino de perfección, Moradas etc.


Su primer gran viaje lo hizo a Becedas con motivo de una extraña  enfermedad cuando tenía 23 años


Después de la primera fundación del monasterio de san José en Ávila en 1562 y pasados cinco años emprende viaje a Medina del Campo para hacer su segunda fundación en 1567 con cincuenta y dos años. 


Fundación de Malagón año 1568.


Valladolid, Toledo y Pastrana 1569. En el transcurso de estas fundaciones Carmelitas Descalzas los PP. Juan de la Cruz y Antonio de Jesús se instalan en Duruelo como primera fundación de Carmelitas Descalzos.  


Fundación de Salamanca 1570 y Alba de Tormes 1571.


Segovia 1574


Beas de Segura 1575



Sevilla 1575



Caravaca de la Cruz en 1576 y Villanueva de la Jara en 1580


Palencia en 1580 y Soria en 1581


Burgos en 1582


 Último viaje de la Santa desde Burgos a Alba de Tormes donde muere el día 4 de Octubre de 1582, al día siguiente 15 de Octubre de 1582 se la entierra en el Monasterio de la Anunciación de Nuestra Señora del Carmen su VIII fundación. La singularidad de las fechas se debe a que ese día cambió el calendario Juliano por el Gregoriano.


Todas las rutas fundacionales en un solo mapa.


martes, 5 de julio de 2016

Revista "La Basílica"

Revista "La Basílica Teresiana" (1897-1923) 
Documentos y fotografías de la revista "La Basílica Teresiana" en sus dos primeros años de existencia.

Editada por la Diócesis de Salamanca para apoyar la construcción de la Basílica de Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes, iniciada por el Obispo Mons. P. Cámara en el año 1896, aunque la primera piedra se puso el 1º de mayo de 1897. Muerto el obispo agustino, la revista continuó su andadura hasta la década de los años 20. Hoy por hoy, la colección completa de esta revista constituye un buen testimonio del movimiento teresiano de finales del siglo XX y comienzos del XX. Para Alba de Tormes se trata de una fuente importante para la historia de estos años, y no sólo la historia teresiana o religiosa.


Breve historia de la construcción de la Basílica Teresiana


La Basílica de Santa Teresa de Jesús es un templo inacabado de estilo neogótico que se inició para mejorar el culto a la Santa en Alba de Tormes y recibir a los peregrinos que acudían  a visitar las reliquias de la monja Carmelita.
Las obras comenzaron en 1896, con proyecto de  Enrique M. Repullés y Vargas y el patrocinio del obispo P. Tomás Cámara, quién  movilizó a los  salmantinos y a todo el pueblo español con la carta pastoral  «Santa Teresa nos pide una basílica». A pesar de que se contaba con una financiación suficiente para las obras, por diversos motivos y en múltiples circunstancias las obras se pararon de forma definitiva en 1933 de acuerdo al proyecto original.
En año  de 2007, el obispo de Salamanca, D. Carlos López Hernández, firmó el acta de replanteo con el arquitecto Ricardo Pérez Rodríguez-Navas, con lo que se reanudaban las obras de la basílica, cuyo objetivo era cubrir el ábside y el presbiterio, llegando hasta el crucero. Con lo que se apreciaba un cambio con respecto al antiguo proyecto de Repullés  y su «Castillo Interior», al de Pérez Rodríguez-Navas que se centra en la espiritualidad cristiana, con unas hermosas vidrieras que llenarían de luz la Basílica, estarían centradas en Teresa de Jesús y sus fundaciones y así como un  conjunto de mujeres espirituales, y santas, como: Catalina de Siena, Brígida, Isabel de Portugal, Gertrudis de Helfta, Teresa Benedicta de la Cruz, Teresita del Niño Jesús, Rosa de Lima, Maravillas de Jesús, Juliana de Cornillon, Clara de Asís, Eduviges de Andechs y Escolástica.
La cubierta se ha hecho de madera vista laminada, cierres de ladrillo y planchas de cobre.

En 2010 se vuelven a parar las obras otra vez por las mismas o parecidas causas, entre otras,  por dificultades de presupuesto y el impacto de la crisis económica europea. Con todo ello se pueden ver el presbiterio cerrado y con muy buen acabado, tanto  que permitirá utilizarse para celebraciones religiosas, con la posibilidad de realizar obras progresivamente. Como ejemplo, podemos destacar el buen servicio prestado a la exposición de Las Edades del Hombre en el transcurso de 2015, dedicada por completo a la figura de santa Teresa.




Fotografías del inicio de las obras  y crónica de la visita de la Adoración Nocturna a Salamanca y a Alba de Tormes en Agosto de 1900, muy probablemente, por las fiestas de la Transverberación del Corazón de Santa Teresa de Jesús.










La Adoración Nocturna visita las obras de la Basílica














lunes, 20 de junio de 2016

Apertura del IV Centenario de la muerte de STJ

Libreto de la celebración 
El Libreto de la celebración litúrgica es una joya bibliográfica editada en papel ahuesado alternando texto con grabados de Gerardo Sánchez Cruz.
Fotografías del libreto de la solemne celebración de la Apertura del IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes. Como podemos apreciar fue un acto solemnísimo con asistencia de grandísimas personalidades de la Iglesia, presidiendo la celebración y concelebrando el Excmo. Sr. Cardenal Legado de SS., P. Anastasio Ballestrero, el Excmo. Sr. Cardenal Primado de España, D. Marcelo González, los Excmos. Sres. Cardenales D. José Mª Bueno Monreal, D. Vicente Enrique y Tarancón, D. Narciso Jubany, el Nuncio de S.S. en España, Excmo. Sr. ,D. Antonio Innocenti, el Arzobispo de Oviedo y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Excmo. Sr. D. Gabino Díaz Merchán y entre otros los obispos de Salamanca y Ávila, Excmos. Sres. D. Mauro Rubio y  D. Felipe Fernández, el Rvdmo. P. Superior General de los Carmelitas Descalzos de España, los Rvdos. PP. Provinciales de los Carmelitas Descalzos de España, los Rvdos. Sacerdotes de las diócesis de Salamanca y Ávila, el Rvdo P. Secretario General de la Junta Nacional del IV Centenario. Así como un largo etc.  de autoridades Civiles y Militares,  y numerosísimos peregrinos de casi toda la geografía nacional. 

















         Apertura del centenario teresiano contada por ABC.


Portada de ABC

Crónica desde Alba de Tormes de J.L. Martín Descalzo


Víctor de la Concha explica la revolución de la reformadora


Santa Teresa de Jesús, mensajera de Dios


miércoles, 13 de abril de 2016

EL PAPA EN ALBA DE TORMES


La hermandad de Santa Teresa de Jesús de Alba de Tormes editó en un folleto informativo un artículo publicado por la revista MIRIAM, nº 205 del P. Raimundo de la Transverberación, que a continuación transcribo.


El Papa en Alba de Tormes
I.                    Las grandes fiestas de la venida del Papa, para cerrar el IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús delante de su Sepulcro en Alba de Tormes, fueron el fruto perfectamente conseguido de una organización muy bien preparada durante varios años.
A nivel nacional e internacional se iban concretando ideas y deseos, que cuajaron en la Juntas, tanto civiles como eclesiásticas. Alba de Tormes era el centro neurálgico donde coincidían todas las miradas, por ser el lugar de su muerte y el sepulcro de Santa Teresa de Jesús. Pequeños conatos de desvíos fueron en teoría fracasando. Al final se impusieron otras circunstancias con las cuales la Divina Providencia realizó lo que en la actualidad es ya historia.
Concretándonos a la Villa  Ducal, se formó muy pronto la Junta Local presidida por el Párroco, como Presidente de la Hermandad de Santa Teresa, fundada hace un siglo por el Sr. Obispo de Salamanca, y con el único objeto de dar culto a la Mística Doctora.
Fue necesaria esta Hermandad porque no existía entonces en Alba comunidad de PP. Carmelitas, como consecuencia de la Exclaustración de Mendizabal, y por estar la Iglesia y Cdad. De MM. Carmelitas bajo la jurisdicción del Sr. Obispo.
Componían la Junta Local, además del Párroco, el Prior de los Carmelitas y el Sr. Alcalde, secundados con todo entusiasmo por las fuerzas vivas del pueblo. De aquí salieron muchas iniciativas, que al tener que forzosamente pasar a través de la Junta diocesana hasta la Nacional y por ésta a la Mundial, lo Local quedaba diluido en otros proyectos que no coincidían muchas veces con los objetivos albenses. Esto producía muy grandes ayudas para el conjunto del Centenario; pero también el cambio de miras e intereses, producto de las realidades humanas. De  esta trama de objetivos vinieron para Alba agradables y desagradables sorpresas.
La Diócesis nos sorprendió agradablemente con la celebración solemnísima de los cuatrocientos diez años de “La fundación del Monasterio de la Anunciación de Nuestra Señora del Carmen de Alba de Tormes”, día de la Conversión de san Pablo, año de 1571, como nos narra la misma Santa en el c. 20 de su libro de “Las Fundaciones”.
Nos acompañaron el Cardenal Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal, los prelados de la Archidiócesis de Valladolid, a la que pertenecemos, los Duques de Alba, que tanto han intervenido durante los cuatro siglos de teresianismo en la Villa y otras personalidades. Fue una reproducción de aquel día glorioso cuando, desde la iglesia de san Pedro se trasladó el Santísimo a la iglesia de las Madres- Fue también en este día cuando se presentó, cantado por más de doscientas voces de distintos coros, de bandas de Salamanca y Alba, el Himno del Centenario, que la diócesis de Salamanca ofrecía a la Santa Doctora. Letra de Antonio Álamo  y la música de Constancio Palomo llenaron plenamente el teresianismo albense.
La apertura solemnísima del Centenario, 14 de octubre de 1981, fue el fruto de la Junta Nacional a través de la Diocesana y Local. Se esperaba para entonces la venida del Papa, pero el atentado sacrílego, hizo retrasarla para el final. Vino en su nombre, como legado Pontificio el Cardenal Ballestrero, para los Carmelitas, nuestro Padre Anastasio, antiguo General de la Orden del Carmen Descalzo.
Entre las numerosísimas peregrinaciones que recibimos durante el año centenal, destacaron las dos que los albenses realizaron desde Medina del Campo a Alba, viniendo a pie cuatro días acompañando la imagen de la Santa en un carro de mulas, repitiendo por carretera y pueblos las escenas que puntualmente nos narra la historia. Alba repitió en estas dos ocasiones, al principio y fin del Centenario, la llegada de la Santa a la Villa el 20 de septiembre de 1582.
II.                  La visita del Papa centraba todas las expectativas. El entramado de la organización del Centenario, encuadrado en la visita pastoral, redujo su estancia en la Villa a pocas horas y con muy concretos actos. No había posibilidad de cambiar nada. Todo debía reducirse a un encuentro general con la Diócesis de Salamanca y la visita al Monasterio teresiano. Era, pues, necesario preparar un lugar amplio para acoger a las multitudes que se acercarían a ver al Papa, procedentes de la provincia salmantina y las colindantes de Cáceres, Zamora, Valladolid y Portugal. Se lamentó por los extraños que Alba no tenía espacios suficientes. Dios los perdone. Los conocedores de la Villa ofrecieron espacios para dos millones de personas cómodamente colocadas. Junto a la antigua muralla y dominada por el torreón ducal se extienda la vega del Tormes, llana coma la palma de la mano, siempre verde y fecundad por el “sacro y claro río”.
Los grandes poetas del Renacimiento, Juan de Encina, Boscán, Garcilaso, Lope y Calderón entre otros muchos, recibieron las visitas de las musas, después de yantar a las bien abastecidas mesas de los duques en los amplios salones del castillo y palacio ducal. Al ser en la actualidad propietario el ayuntamiento de Alba de varios kilómetros cuadrados de estas llanuras, se pudo disponer a placer de este escenario verde y llano rodeado de alamedas multicolores por la presencia del otoño apacible.
Por un lado el río amplísimo por la retención del pantano de Villagonzalo, por otro encuadrándolo todo, como un inmenso anfiteatro las colinas coronadas de encinares siempre verdes y los sembrados de pan llevar. La multitud de praderas animadas por la ganadería, no siempre mansa de tierras de Alba. Cruzado todo por carreteras, que llegan a la villa por diferentes direcciones, para atravesar unidas el cercano puente de cuatrocientos metros de longitud.
Bastó solo acotar con vallas y banderas el espacio escogido y colocar el hermoso conjunto de altar y tribunas defendido por grandes toldos, para convertirlo en un ensueño de hadas. Con toda precisión y arte se reservaron espacios para la imagen de la Santa y la reliquia de su Santo Brazo. El trono papal, la tribuna para los obispos, los lugares para enfermos, autoridades y representaciones, calles de accesos, amplísimas, transformaron el bucólico ambiente. Un sol radiante y un céfiro que movía suavemente las banderas hicieron que el contorno tan excepcional causara tan grata sensación que nos preguntábamos si estábamos soñando.
Para facilitar la llegada de los peregrinos se pusieron a su disposición trenes especiales y caravanas de coches de  línea, que bajaban y cogían las personas continuamente en el mismo lugar de la concentración.
La propaganda y periódicos publicaron planos detallados de carreteras y gráficos de las cercanías. Desde primera hora de la mañana (1 de Noviembre) los lugares acotados se iban llenando. Las fuerzas del orden y sanidad vigilaban cualquier incidencia.
III.                A las nueve de la mañana, después de la Misa conventual del Monasterio carmelitano, se organizó la procesión con la reliquia del brazo y la imagen vestida de la Santa llevando el birrete de oro, regalo de España en el año 1922. Es la imagen que electriza a los albenses al salir de clausura en las grandes solemnidades. El Corazón y el Sepulcro de la Doctora esperaban dentro de la Clausura.
Antes de llegar a Alba los peregrinos pudieron recibir el saludo confortador de las piedras anunciadoras “Alba de Tormes, Sepulcro de Santa Teresa, Villa Ducal”. La Madre Teresa desde sus estatuas: La del pantano, a veinte km. río arriba, la de la fuente de Santa Teresa, a seis km. en la carretera de Salamanca, la de la fuente de Gajates y Valdecarros, la de la plaza de Santa Teresa en la capital y la del monumento en la misma entrada de Alba. La sonrisa de la Santa se lo agradecía.
     Pudo el helicóptero papal posarse en el mismo mullido césped de la pradera; pero se prefirió que descendiera en los campos de deportes del Instituto y Escuelas de Concentración Comarcal. Desde allí el Papa, después de saludar a las representaciones, bajó a la cercana Vega en el “Papa-móvil”.
      El entusiasmo del gentío era tal que el Papa, con su bondad acostumbrada, tuvo que pedir, que le dejasen hablar también a él.
      Después del saludo del Sr. Obispo de la Diócesis habló Juan Pablo II. Representaba aquella multitud no solamente a Salamanca y su provincia; era, como se dijo en la prensa, el encuentro con el mundo agrario español, con su sinceridad y cariño- en ese encuadre se explica lo de las moscas.  En Alba hasta las moscas acudieron a recibir al Papa. Unas veinte se posaron en la blancura de sus vestidos, claramente vistas en la tele.
     Pero era también la ciudad de los estudios la que estaba allí. Dos escenas humanas llenaron el ambiente de ternura; la madre de un joven universitario l ofreció al Papa la capa de la tuna de su casto y buen hijo, que al morir le había encargado a ella se la entregase a Su Santidad con estas palabras:” Santo Padre, te dejo mi capa que nunca manché”. La tele se gozó en transmitir esta escena con toda lentitud. Otra ofrenda preciosa, entre las de los frutos del campo fue el ramo de flores de una niña que nació cuando tocaban las campanas de las monjas en la novena de la Santa el mismo día en que fue elegido el Cardenal Wojtyla como Sumo Pontífice.
Por fin Su Santidad subió al Sancta Santorum del teresianismo mundial, al Monasterio     teresiano. A la entrada de la iglesia fue recibido por el P. General de la Orden y los Carmelitas, que le acompañaron hasta el altar mayor. En la iglesia había grandes espacios reservados para el cortejo papal, los obispos, los padres carmelitas y la familia de los duques. Allí, ante el sepulcro de la Santa, vimos con lágrimas de alegría a Juan Pablo II arrodillado y recogido profundamente. La mano suave del maestro de ceremonias tuvo que recordarle, que era la hora de subir al camarín, donde descansa  el cuerpo incorrupto.

Al salir se detuvo, completamente solo, unos minutos en la celda de la muerte de la Santa. Como recuerdo inestimable firmó en el Libro de Oro, reservado para los que entran en la Clausura del Monasterio.
En el Trono del presbiterio nos regaló la última enseñanza teresiana y serró el Centenario. Los discursos son de todos conocidos. Como recuerdo en Alba nos dejó la frase: “El hombre vale por lo que es, no por lo que tiene”.
Era el día más grande de la historia de Alba después del glorioso en que murió la Santa. Ya casi oscurecido salió en coche el Papa para Salamanca, distante 20 Km.
Al volver la procesión ya muy de noche entre cánticos y aclamaciones, cerrados en la clausura el brazo y la imagen, la Villa volvió otra vez a su reposada vigilancia del sepulcro con la alegría del deber cumplido.


20-XII-1982. Alba de Tormes. Raimundo de la Transverberación.



Hinmo Diocesano del IV Centenario de Santa Teresa